Ciertamente Mario, hay una generación que ha crecido al lado del proceso revolucionario emancipador liderado por Hugo Chávez, y esa es mi generación.
Supe que existía un gobierno, un Estado, en el año 1989, cuando mi mamá me buscó a finales de febrero en la escuela, porque habían saqueos, y la guardia iba a salir o había salido a la calle y había que esconderse. En esa ocasión, veía cosas terribles en la televisión (RCTV), gente enardecida, policías disparando sus armas, mucha violencia y me dio miedo, por lo cual escribí una carta anticipada al niño Jesús para que nos llevara, a mi familia y a mí con él, carta que mi mamá leyó horrorizada, pero palabras más o palabras menos, febrero de 1989, a mis cinco años, fue el primer contacto que tuve con los acontecimientos políticos con mi país.
Tendría apenas quince años en 1998, y en medio de mi adolescencia, sentía preocupación porque en el entonces Congreso de la República, se discutía un Proyecto de Ley de Educación Superior (PLES), en el que estaba planteada la privatización de la educación superior, y recuerdo a los ucevistas marchando desnudos pintados de azul, amenazando con larzarse al río Guaire si aprobaban la ley; a diario escuchaba algún comentario -por parte de aquellos sectores afectos a los que detentaban el poder político- que apoyaba la privatización de PDVSA, porque la experiencia demostraba que los venezolanos “no servíamos ni para administrar una bodega”, por lo que condenados al fracaso, sólo nos quedaba entregar nuestras riquezas al país amigo de EEUU. Recuerdo que escuchaba a mi mamá, una abogada laboralista, quejarse y sentir indignación por la Reforma efectuada a la Ley Orgánica del Trabajo, en la que habrían dejado a los trabajadores sin prestaciones.
Por otro lado, a comienzos del año 98 yo estudiaba 9º año de secundaria en un colegio católico en el que estudiábamos adolescentes de una zona de clase media en Valencia, y era terrible ser una de las tres personas (entre 32)) con razgos mestizos, los demás provenían de familias españolas e italianas, eran niños y adolescentes cuya construcción de su realidad social estaba fundada en creencias racistas, antipatrióticas (“todos los venezolanos son flojos y mediocres porque vienen de los negros e indios”) y excluyentes.
Además, era común ver indigentes paseando por las calles buscando basura para comer, espectáculo dantesco que era ignorado por la clase media y las clases pudientes, pues era mejor (para estos) negar la existencia de ese más de 85% de venezolanos que vivían en condiciones de pobreza, que hacerse co- responsables del empobrecimiento de las grandes masas pues fueron cómplices de un sistema que hundió al país en la más grande miseria a cambio de dádivas (la mayoría de los padres de mis compañeros eran comerciantes y constructores que adquirían contratos con el Estado sin licitación alguna).
También recuerdo que en junio de ese año, realicé un trabajo de cátedra bolivariana que trataba sobre la integración Latinoamericana, y mi padre, profesor universitario, me aconsejó analizar la propuesta integracionista del entonces candidato Hugo Chávez.
Para gozo de las mayorías excluidas de esta nación, esos que nunca existieron en los discursos ni en la praxis de los gobiernos que conocí desde que entendí por primera vez un artículo de opinión política (1992), Hugo Chávez llegó al poder, y nos enseñó a los venezolanos que la democracia no era una mentira, ni era sinónimo de pobreza, y nos enseñó que los venezolanos no eramos miserables flojos analfabetas producto de la falta de inteligencia por problemas raciales, pues no… Eramos un pueblo digno, que teníamos voz que debía ser escuchada y respetada por los gobernantes, eramos gente luchadora llena de esperanza y que habíamos sufrido la opresión de élites que nos habían sacrificado por intereses económicos extranjeros; nos enseñó que debíamos estar orgullosos de ser venezolanos, porque nada mejor que sentir que se ama a la patria y que se es parte de ella.con cansacio
Vimos a Chávez luchar por la nueva Constitución (1999), y en ese diciembre de la tragedia de Vargas, vimos a Chávez en uniforme de campaña, luchar incansablemente por superar las traciones de la naturaleza, yo jamás había visto a un gobernante trabajar día y noche por damnificados.
Al año siguiente, finales de 2000, comencé a estudiar Derecho, y era obligatorio el estudio de obras como Un sueño para Venezuela, de Gerver Torres, obviamente todo es ideología, y ante la falta de experiencia y la juventud, uno termina creyendo en las bondades de la privatización de los servicios públicos, en que carece de sentido la masificación de la educación superior y en que Miguel Rodríguez y Carlos Andrés Pérez II estaban en lo cierto, creencia que sostuve gracias al proceso de imbecilización por el que pasé al leer todos los días a aquellos analistas políticos y económicos de derecha que sostienen “verdades absolutas” que sólo sirven a sectores económicos poderosos, hasta el 11 de abril de 2002, en el que las oligarquías creyeron que la población seguía siendo la misma masa analfabeta, esclava y crédula del mediados del siglo XIX, pues no, los venezolanos sabían que existía una Constitución, con procedimientos a seguir, que debían ser respetadas las autoridades legítimas, y con el conocimiento sobre qué era una democracia participativa, y ese año sufrí, junto a otros más de 20.000.000 de venezolanos, un paro petrolero que nos dejó en pobreza, paro criminal que nos impusieron con alegría unos pocos, y aún así, aprendimos el sentido de dignidad de una nación y el de entereza, el de lealtad a un proceso de establecimiento de justicia social para nunca más dejarla ir, y posteriormente el Estado venezolano instauró las Misiones, políticas de inclusión de los siempre olvidados, y dio salud y educación y enseñó a los venezolanos que esos eran bienes a los que todos tenían derecho, y con esta experiencia, supe que era importante votar en 2004 en el referendum revocatorio, mi primera votación, y todo ello tuve la inspiración para soportar 9 horas parada o sentada en el suelo de una calle.
Y así, este proceso me ha hecho creer en la democracia participativa, en la emancipación de los pueblos de América Latina, en la posibilidad de una justicia social, en leyes que protegen a los trabajadores que antes siempre estuvieron indefensos (Ley Orgánica Procesal del Trabajo, LOPCYMAT,…), en la democratización de la educación, en decir la verdad de los pueblos sin medias tintas, y más importante, en no avergonzarse de ser socialista, y decirlo en cualquier foro, ante cualquiera, y luchar porque la igualdad pueda materializarse a través de la justa distribución de las riquezas, porque entendamos que la solidaridad, el trabajo duro y la educación nos harán libres.
Y sí Mario, muchos hemos crecido con Chávez, aprendimos a amar a este país gracias a él y creemos en esta Revolución, hemos estudiado y siendo profesionales jóvenes, estamos comprometidos con esta patria libre y soberana.
por Alejandra Mujica
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